Sunday, May 18, 2014

Dos versiones de Artemisa

Diana of Versailles (detail). 1st-2nd c. AD. Roman copy. Paris. 2007
Llegó el Día de la Madres y en las redes sociales además de las imágenes floridas y las frases hechas relacionadas a la celebración, encontré esta vez una fotografía que me resultó familiar y extraña para la fecha. Se trataba de una diosa Artemisa, negra, diferente, sin arco y sin flechas y alabada como Diosa Madre.

La recargada imagen se quedó dando vueltas en mi cabeza, hasta que ubiqué dónde la había visto anteriormente. Sin embargo, su relación con la maternidad, tal y cual yo la concebía, es decir, una madre con su hijo en brazos o al menos una mujer embarazada, no se me hacía lúcida. Y es que en el sincretismo religioso todo vale, todo se presta y mezcla para justificar un fin. Es el caso de Artemisa.

En la Magna Grecia existieron varios sitios de culto para esta deidad, pero dos adquirieron entonces especial notoriedad: Uno ubicado en Éfeso (Asia Menor, actual Turquía), cuyo templo fue tan magnificente para la época que se consideró una de  las Siete Maravillas del Mundo Antiguo; y otro, la isla sagrada de Delos (perteneciente al Archipiélago de las Cícladas, en el Mar Egeo). De hecho, en el paganismo griego la diosa Ártemis venía ya con antecedentes asiáticos, tan arcaicos como del periodo neolítico, donde se consideraba la Señora de las Fieras o de la Tierra virgen y fértil. Posteriormente hubo una Ártemis clásica y otra helénica y finalmente los romanos la asimilaron como Diana (popularmente conocida entre nosotros como Diana cazadora).
Diana of Versailles. Louvre Museum. 2007

Una de las más hermosas esculturas de esta última la he visto en el Louvre, le llaman allí la “Diana del Versailles”, una copia hecha en la Roma imperial que data de los siglos I-II d.C.  Aquí la diosa griega de la castidad, se nos presenta con un grácil ropaje corto acompañada por un ciervo y en plena acción, como la cazadora incansable que corre tras su presa y cuyas flechas pueden castigar las fechorías de los hombres. Esta obra está basada a su vez en un original de bronce (perdido hoy) del periodo clásico griego, siglo IV a.C., que describe el mito en el que el voyeurista héroe Acteón, compañero de caza de la diosa, termina siendo despedazado por su propia jauría tras  haber sido convertido en ciervo como castigo de Artemisa por observarla desnuda mientras se bañaba con otras doncellas. 

Paradójicamente esta versión de la hermana gemela de Apolo, quien de niña escapaba a los matorrales con ademanes ‘marimachos’ detrás de sus salvajes bestias, rodeada siempre de hermosas féminas (Ninfas y Musas) y quien evitaba a los hombres, es a la que se le atribuye la protección de la maternidad, la natalidad y en sentido más amplio la crianza de los niños. Los poderes provienen de otra leyenda relacionada a su nacimiento en un lago de la isla de Delos, donde la propia Artemisa con solo un día de edad,  tuvo que asistir como comadrona a su madre Leto que sufría al dar a luz a su compañero de vida intrauterina. Al parecer quedó tan traumatizada por los dolores de parto de su progenitora, que le pidió a su padre Zeus virginidad eterna y excepción de los lazos conyugales.
Ephesian Artemis. 2nd c.AD. Naples. 2012

La versión de la Ártemis de Éfeso que yo contemplé al detalle se encuentra en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles, Italia. Esta lujosa escultura en alabastro (las manos, pies y cabeza son de bronce y corresponden a una restauración del siglo XIX) perteneció a la Collezione Farnese, copia realizada también durante la Roma imperial a partir de la imágenes numismáticas del periodo helenístico griego. Es conveniente acotar que la venerada diosa, no siempre estuvo tan abigarradamente decorada, cada adición fue el resultado de un largo proceso de codificación iconográfico que culminó con la revitalización de su culto por los emperadores Trajano y Adriano.

Esta Artemisa, como diosa de la naturaleza, tiene sobre su cabeza un kalathos en forma de templo o muralla citadina del cual cuelga un velo en forma de disco con altorrelieves de grifones; su túnica solo deja al descubierto los pies y las manos y está ajustada por un manto ricamente decorado con cabezas de animales (leones, grifones, caballos y toros), abejas, flores, esfinges, y figuras femeninas desnudas. Alrededor de su cuello se distingue un pectoral en forma de media luna (cuerpo celestial con el que también se identifica a la diosa) donde se aprecian elementos figurativos femeninos alados, con palmas y coronas (símbolos de victoria) mezclados con algunos signos zodiacales, el cual está demarcado por una guirnalda de flores y un collar con pendientes. Pero lo más curioso a mi juicio -y posiblemente de donde viene la asociación ‘errada’ con el Día de las Madres- es su torso, cubierto por protuberancias redondeadas erróneamente interpretadas como los pechos de la diosa cuando de hecho representan las bolsas escrotales de los toros sacrificados en su honor, símbolos de la fertilidad según los estudiosos, no de la maternidad cual la concebimos hoy. Estos ramilletes de apéndices desprovistos de pezones pudieran también ser interpretados como huevos, higos o uvas, símbolos de vida, abundancia y fecundidad, exvotos a la Madre-Tierra.

Tivoli's fountain. Wikimedia Commons
La falsa ‘lectura’ ha sido tan repetida que en el siglo XVI, cuando se comisionaron las fuentes de la Villa d’Este en Tívoli, en el nicho central del famoso órgano de agua se representaba a esta diosa, con chorros del preciado elemento saliendo por los mal llamados senos. Posteriormente, se le consideró demasiado pagana y se relocalizó en un lugar menos visible dentro de los hermosos jardines.

Lo cierto es que cualquiera que haya sido  su ‘anormalidad congénita’, desde una generosa polimastia hasta unos bien dotados testículos supernumerarios, fue una diosa (o un dios) a la que había que temer por su enérgica fuerza, agresividad y salvajismo, atributos que observamos en las madres solo cuando se les intenta arrebatar a sus críos.

Actualmente, más que en una postal de felicitación dirigida a las mamás,  me la imagino ubicada en el altar mayor de las aguerridas feministas.

Diana (1892-93). Bronze. Augustus Saint-Gaudens. Met, NY. 2012
Photos by José Soriano